lunes, 13 de septiembre de 2010

Visitas inesperadas.

Ay! Las visitas inesperadas... Aquellas que aparecen cuando menos se las espera.
Y suelen ser personas a las que quieres, y te encanta que vengan, les abres las puertas de tu casa (y de tu nevera) pero tu mente y tu corazón no se ponen de acuerdo, porque quieres a esos amigos/familiares que a veces parece que no tengan casa propia, pero también desearías estar en cualquier otro lugar, con otra persona. Y es ahí donde se ven las caras, mente y corazón y dejan tu Yo consciente hecho polvo después de prestarse como campo de batalla.

Y tu corazón se revela sufriendo por esa otra persona que languidece esperando, quizá matando el tiempo leyendo palabras que le dejaste mientras volvías. Palabras pasadas, muertas y enterradas que horas después de haber sido escritas, empiezan a perder sentido.

Entonces te sientes egoísta por odiar no pensar en esas personas que han venido a verte y aguantas estoicamente, sonríes y dejas que se queden, que invadan tu espacio y se coman tu tarta de manzana. Porque les quieres.
Hasta que llega un momento en que ya no puedes más y te levantas y pones la escoba del revés detrás de la puerta, porque tu abuela siempre ha dicho que esas cosas funcionan y así se van las visitas no deseadas.
Pero no se van y te desesperas. Y crece en ti el deseo de huir, de salir corriendo al encuentro de otra cosa, de algo tan diametralmente distino que hasta podría parecer mentira. Y es justo entonces cuando te sientes más desgraciada y miserable por ser tan tonta y por no tener la valentía de defender tu castillo ante la invasión de las cohortes "amiguiles". Y entonces sí, te pones de pie y sueltas la bomba:
-"Bueno, voy a ir recogiendo que las visitas querrán marcharse".-

Y joder, eso funciona!!

Y cuando se han ido empiezas a correr, inicias, reinicias y entras... No a matar, pero casi.Y te quedas con la "próstata" ( ¿qué quiso decir con eso?) en la boca porque aquella tan deseada compañía también debe marcharse y tú te quedas compuesta y planteándote liarte la manta a la cabeza para acabar fugándote con Don Jorge Drexler al, no sé, Tonight Club...


A ¿Dios? pongo por testigo de que jamás volveré a contestar al teléfono después del atardecer...



Aunque os sigo queriendo mil.




Sus.

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