domingo, 19 de septiembre de 2010

Refugio.

Ojalá alguien ejerciera ahora mismo de confesor para mí. Necesito un par de oídos sordos, una mente sin prejuicios y un corazón despiadado que escuche mis quejas, mis miedos y mis más oscuros deseos sin juzgarme.

Suena música en mi cabeza. Siempre la misma melodía. Nuestra canción. Esa que te hace volver a mí día tras día y que me lleva a ti siempre que quieres. Son suficientes un par de acordes para que corra a tu lado como si no tuviese ningún otro sitio en el que refugiarme. Y me dejo caer en tus brazos, para dejar de sentirme tan sola. Me asusta darme cuenta de que en realidad no hay ningún otro sitio en el que quisiera estar. No existe otro lugar en el que desee esconderme. Porque no necesito más que el calor de tu cuerpo para sentirme bien. Y lo peor es que tú nunca lo sabrás. Ni te imaginas cuántas veces he soñado con poder acurrucarme contra tu pecho y que tus manos vuelen por mi cuerpo. No sospechas siquiera que esos murmullos que oyes a veces no son más que lejanas palabras de amor. Mi alma en un susurro para decirte cuánto te amo. Y nunca dejará de ser eso, un rumor lejano, porque no puedo alzar la voz y gritártelo en plena cara. Hay tantas cosas que me impiden hablar que debo conformarme con lo poquito que quieras darme. Con esos "Te quiero" furtivos que a veces se te escapan casi sin querer, con esos "Mi Cielo" que me parten por la mitad, que quiebran mis huesos y me arrancan una a una las palabras de siempre. "Yo también te quiero".Duck!, lo digo tan en serio que podría tatuármelo en la frente.


Cuánta frustración.

Cuántas cosas por decir y qué poco puedo hacer... Si tú me dejaras... Si pudiese hacer y deshacer...







Mi patito... Mi refugio...

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