martes, 26 de octubre de 2010

Estoy de espaldas y no te veo, pero te presiento antes de ser consciente de que estás ahí, justo detrás de mí.
Me susurras al oído que me quede muy quieta y que respire lentamente. Y lo hago, porque no quiero anticiparme a lo que sé que vendrá después.

Paseas los dedos por mi cuello y tus labios siembran de besos allá por donde pasan tus manos.

Me asusta sentirte tan cerca. Sé de qué eres capaz y sé a lo que yo no podré resistirme.

Me coges por la cintura y te quedas quieto un momento, y siento la firmeza de tu pecho y la fuerza con que me rodean tus brazos. No podría escapar de ti aunque quisiera...

Me sobresalto cuando tiras de mi camisa y los botones se esparcen por toda la habitación. Tengo tan agudizados los sentidos que cada botón, al caer, ha sonado como una piedra.

Y el suelo se estremece bajo mis pies cuando esa camisa cae, justo a mi lado.

Se me ha erizado la piel y no sé si es por tus caricias o por la hebilla de tu cinturón que acaba de rozar mi espalda.

Pero no siento frío, porque haces que me hierva la sangre...

No sé si podré resistir mucho más tiempo así, tan quieta, en silencio...

Me das la vuelta y ahí estás, frente a mí, tan tú, como siempre. Sonríes y me coges de la barbilla obligándome a levantar la mirada y me veo en tus ojos...

Tus manos acarician mis brazos, desde los hombros hasta los dedos, subes y bajas con una cadencia que empieza a desesperarme.

Sé qué vendrá a continuación y vuelvo a estremecerme...

Acercas tu cara lentamente hacia la mía y dejas un besito en la punta de mi nariz. Vuelves a sonreír...




"Ya puedes despertar, mi niña..."



Y te desvaneces... Como cada mañana...



















Porque nadie sueña eternamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario