Tengo la mala costumbre de leer. Leo muchísimo. Devoro libros... Me los bebo.
Esta mala costumbre me acompaña desde que era niña, bien pequeña. Una mala costumbre que me "contagió" mi padre.
A los 14 años me enamoré del príncipe idiota de Dostoievski. Libro 100% recomendable "El Idiota". (No va con segundas)
Poco después cayó en mis manos el gran Joyce. Y me volví a enamorar (en inglés!!). Qué boba era con 14 años, por dios.
Bueno, a lo que voy. No he vuelto a tocar El Idiota, quizá porque no me lo ha pedido el cuerpo, pero sí he compartido estas últimas noches con James Joyce y, chato, eres increíble...
Quizá es por la madurez de mis años (cuidao, la viejuna...) porque mi mente ya no es la de una niña inocente, sino la de una mujer que ha visto de casi todo, pero me he reencontrado con él de una forma tan madura, tan carnal y tan intensa que no puedo evitar estremecerme y, tal vez, reírme de mí misma al hacerlo.
Porque no sólo le estoy redescubriendo a él, a sus Dublineses y a su Artista Adolescente, sino que también me redescubro a mí misma y caigo en la cuenta de lo inocente y entrañable que era, ains, si es que hasta siento ganas de darme un abrazo y decirme "vale... no pasa nada..." Cuánta ternura, por dios...
Me río ahora, porque entiendo cosas que antes no se me habrían pasado por la cabeza. Intenciones que entonces no pude apreciar... Eso sin contar que el jodío era un enfermo y no supe verlo.
Y volvemos a lo de siempre.
Crecemos y maduramos. Aprendemos lo que significan realmente algunas cosas (otras quedarán siempre escondidas tras un gran interrogante) y al final, sólo al final.... Lo comprendemos...
Yo te he comprendido ya.
Y te doy las gracias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario